
Los Ciciu del Villar
«ciciu», muñecos en piamontés
nada de miedo
Sobre Villar San Costanzo hay un bosque lleno de columnas de tierra con una gran piedra encima, como setas de piedra gigantes. La leyenda dice que San Costanzo, un soldado romano de la Legión Tebana martirizado durante las persecuciones, era perseguido por otros soldados: él se dio la vuelta y los maldijo, y ellos se convirtieron en piedra. En otra versión, las columnas serían masche petrificadas. La explicación verdadera es igual de bonita: la piedra de arriba hace de paraguas y protege la tierra de debajo de la lluvia, que excava todo lo demás alrededor.
¿Sabías que…? cuando la piedra de arriba se cae, la columna sin «paraguas» se deshace poco a poco con la lluvia.
La historia
Hay un bosque, sobre Villar San Costanzo, donde los árboles son más altos que las piedras y las piedras son más extrañas que los árboles.
Quien entra por primera vez se detiene. Entre los castaños y las hojas rojas, en medio del sendero y un poco más allá, en desorden como en una fiesta, se ven unas figuras. Columnas de tierra rojiza, altas como una persona o como dos, y sobre cada una, en equilibrio, una roca oscura. Parecen setas de piedra. Parecen gente. Parece, si se mira bien, que alguien se hubiera detenido de golpe a mitad de una carrera.
Su nombre es Ciciu, y cada viejo del valle te cuenta su historia.
La más famosa empieza hace mucho tiempo, cuando en Roma mandaba Diocleciano y los cristianos eran perseguidos.
Había un soldado romano que se llamaba Costanzo. Formaba parte de la Legión Tebana, y en aquellos años, entre el 303 y el 305, estaba en el monte sobre Villar. Fue allí donde lo persiguieron. Subió hacia los bosques, donde los árboles son espesos y siempre hay un sitio donde esconderse.
Detrás de él, sin embargo, estaban los soldados.
Los oía. Oía el golpeteo de las armaduras, las órdenes gritadas, las ramas que se rompían. Corrió cuesta arriba con el aliento ardiendo, y durante un rato pensó que lo había conseguido. Luego, delante de él, la montaña terminó. Ya no había sendero, y detrás se oían los pasos.
Costanzo se detuvo. Se quedó un momento inmóvil, con la espalda contra la roca, y luego se volvió.
Dicen que no tenía miedo. Dicen que miró a los soldados uno por uno, como se mira a las personas que se conocen, y que alzó la voz de modo que toda la montaña lo oyera. Empezó con estas palabras: «Oh impíos incorregibles…».
Luego no dijo nada más que se pueda repetir.
El bosque se quedó en silencio. Por un instante ni siquiera se oyó el viento. Luego el aire cambió, como antes de una tormenta. Y cuando los soldados, un centenar, todos juntos, intentaron dar un paso, se dieron cuenta de que los pies ya no se movían.
Un frío gris subió de las piernas al pecho. Las armaduras se convirtieron en piedra, las manos se convirtieron en piedra, los rostros se detuvieron con los ojos todavía desorbitados. En pocos instantes ya no hubo ningún ruido de hierro.
Así nacieron los Ciciu, dicen: una hueste de soldados que quedó en pie para siempre en el bosque, con la roca por casco.
Pero en Villar hay quien cuenta otra historia.
Había una vez un muchacho, pobre como una rata, que se llamaba también Costanzo pero no era soldado. Quería construir una iglesia. De día no podía, porque trabajaba para un amo. Y entonces la construyó de noche, con los bueyes del amo, y para llevar las piedras de una orilla a otra del río Maira usó un puente mágico, que aparecía y desaparecía a voluntad.
Unos envidiosos, sin embargo, lo descubrieron. Le salieron al paso en la oscuridad, con ramas de retama en la mano, para amenazarlo. Costanzo no se defendió con la fuerza. Cogió un puñado de arena y lo lanzó hacia ellos. En un instante los envidiosos se convirtieron en estatuas de piedra. La iglesia que aquel muchacho construyó todavía está, y lleva su nombre.
Y luego hay una tercera voz, la de las abuelas, que habla de las masche. Las masche son las brujas de estas montañas, y de noche, dicen, se reunían en el bosque para su aquelarre. Una noche llegó un huracán e interrumpió la fiesta. Las masche no tuvieron tiempo de huir, y quedaron petrificadas donde estaban. O, según otros, fueron ellas mismas quienes hicieron los Ciciu, de noche, uno a uno, sin que nadie las viera.
Tres historias, y todas tienen el mismo final: unas figuras de piedra, en medio del bosque, a la espera.
Pero si se pregunta a quien estudia estas cosas, las figuras tienen otra historia que contar, y no es menos bonita.
Hace mucho, muchísimo tiempo, al final de la última era glacial, un torrente llamado Faussimagna salió de su cauce. Bajó del monte San Bernardo arrastrando una masa de tierra rojiza, rica en hierro, y la depositó donde hoy está el bosque. Más tarde grandes rocas oscuras cayeron del monte y se posaron sobre aquella tierra. Luego el río bajó, la lluvia empezó a lavar la tierra, y la tierra, donde estaba bajo una roca, no fue tocada.
La roca hace de paraguas. Alrededor la lluvia excava, día tras día, año tras año, hasta que queda una sola columna, con su sombrero de piedra. Cuando el sombrero cae, nadie protege ya la columna, y lentamente desaparece también ella.
Un estudio del año 2000 ha encontrado al menos dos generaciones de columnas: algunas ya han nacido y terminado, otras todavía están creciendo.
Así hoy, entre los árboles, los Ciciu esperan. Soldados, brujas o setas de tierra, quién sabe. Una cosa es segura: cada gota de lluvia que cae sobre aquel bosque los está cambiando, poco a poco, sin que nadie se dé cuenta.
Probad a ir a verlos, en un día de sol. Y mirad bien la roca en lo alto de cada columna.
Parece que esté sosteniendo el techo a alguien.
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- Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music
