
El Tiempo del Sueño
en inglés «Dreaming» o «Dreamtime»
nada de miedo
Para muchos pueblos aborígenes de Australia, la cultura viva más antigua del mundo, el «Dreaming» es la manera de contar cómo los seres ancestrales dieron forma a la tierra, a los animales, a las plantas y a las leyes de la comunidad. No es un tiempo terminado en el pasado: continúa todavía, y está ligado a lugares precisos, a cantos, danzas y pinturas. Las historias no son todas iguales: cada pueblo tiene las suyas, en su lengua. Algunas son públicas, otras son sagradas y solo pueden ser conocidas por ciertas personas: aquí contamos solo lo que es público.
¿Sabías que…? la palabra inglesa «Dreamtime» es una traducción imperfecta: muchas comunidades prefieren usar los términos en sus propias lenguas, como «Tjukurpa» para los Anangu.
La historia
Empecemos con algo que hay que saber antes que todo lo demás: esto no es una historia.
Esta es la manera en que muchos pueblos de Australia cuentan de dónde viene el mundo, y para comprenderla hay que aceptar una pequeña rareza: en este relato el tiempo no va recto como un camino.
Estamos acostumbrados a pensar que existen el pasado, el presente y el futuro, cada uno en su sitio, uno detrás de otro. Para los pueblos aborígenes de Australia, que viven en esta tierra desde hace una cantidad de tiempo que marea, las cosas más importantes no ocurrieron «una vez». Ocurren siempre. Un estudioso, hace muchos años, intentó explicarlo con una palabra inventada: «everywhen», es decir «en-todo-momento». No es el pasado que pasa. Es un tiempo que continúa, bajo nuestros pies.
Por eso la expresión «Tiempo del Sueño», con la que normalmente se lo llama en español y en inglés, es una traducción imperfecta. Muchas comunidades prefieren usar su propia palabra. Los anangu, que viven alrededor de la gran roca roja llamada Uluṟu, en el centro del país, dicen Tjukurpa. No se pronuncia fácil. Quiere decir a la vez la historia y la ley y el lugar, y quiere decir cómo se vive.
Ahora os cuento cómo es, al principio. Con una precisión honesta: lo hago como se puede contar a todos, porque hay historias, en esta tierra, que pertenecen solo a ciertas personas, y que ningún libro para jóvenes tiene derecho a decir. No las conozco, y si las conociera no las diría.
Al principio, cuentan, la tierra ya existía, pero no tenía forma.
Imagina una llanura inmensa, roja, plana, sin una colina, sin un río, sin un árbol. Un silencio increíble. Ningún pájaro. Ninguna huella. El cielo arriba, y abajo la tierra que esperaba.
Luego, de debajo de la tierra, de dentro del agua, del cielo, salieron los seres ancestrales.
Eran enormes, y no eran solo personas: algunos tenían forma de serpiente, otros de canguro, de lagarto, de pájaro, de mujer, de hombre, y a menudo eran todas estas cosas a la vez. Caminaban por el País, y al caminar lo cambiaban. Donde uno se tumbaba, nacía una colina. Donde otro cavaba con un palo, se abría una poza de agua. Donde uno se detenía a cantar, crecía un árbol, y pasaba un animal que antes no existía. Donde dos seres luchaban, quedaban en la roca las huellas de la lucha.
Los seres ancestrales dieron un nombre a cada cosa, y a cada cosa un lugar. Dieron a las personas también las reglas: cómo se reparte la comida, cómo se cuida la tierra, cómo se trata a los huéspedes, cómo se respeta un lugar. Esas reglas son la ley, y para quien la sigue no son algo que se aprende en la escuela y luego se olvida: son como la propia tierra, con sus curvas y sus manantiales.
Los anangu, en Uluṟu, cuentan a los visitantes que caminan por la base de la roca una lucha entre dos serpientes ancestrales. Esa historia es suya, y piden que sean ellos quienes la cuenten, en el lugar: por eso aquí no la repetimos. Dicen solo, a quien pasa, que los signos y las grietas de la pared roja no son bromas de la piedra, sino huellas de aquellos días. Así, cuando un anangu mira la roca, no ve solo una roca: ve un relato que conoce desde niño, y que desde niño le fue contado caminando por allí alrededor.
Este es el punto más difícil para quien viene de fuera. La roca no recuerda la historia. La roca es la historia.
Por eso no basta con escuchar con los oídos. Para comprender el Tiempo del Sueño hay que aprender a mirar también con las piernas, caminando, con los cantos, con las danzas, con los dibujos sobre la arena y sobre la piedra y sobre la piel. Todo lo que para nosotros es «un relato», para ellos se hace con el cuerpo y con el lugar. Hay pinturas hechas de círculos, líneas y hileras de puntos que a un ojo de fuera parecen solo dibujos hermosos, y que para quien sabe leerlas cuentan un camino, una poza, un lugar que no hay que olvidar. Quien pinta y quien cuenta no inventa: recuerda, y responde de lo que dice ante quien sabe. Y cada pueblo tiene sus lugares, sus historias, su lengua. No hay una igual a otra, y ninguna se puede resumir en una página, ni siquiera esta.
Algunas son historias para niños, y se cuentan junto al fuego, por la noche, para explicar por qué el canguro tiene esa cola o por qué la poza está allí. Otras son historias serias, de ley, y se aprenden despacio, a lo largo de la vida. Otras todavía son historias sagradas, y no se oyen si no se es la persona justa, en el momento justo, con quien tiene derecho a decirlas. Quien no es invitado a escucharlas respeta también este silencio. Es una forma de respeto que nosotros, acostumbrados a poder leerlo todo, nos cuesta comprender.
El Tiempo del Sueño nunca ha terminado. Los seres ancestrales no han desaparecido: se han convertido en la propia tierra, en las rocas, en las pozas, en las estrellas. Caminar por esos lugares con respeto, cuidarlos, cantarlos y contarlos, es la manera en que el Sueño continúa. Y quien cuida del País, el País se lo devuelve.
Así, todavía hoy, en una de las culturas vivas más antiguas del mundo, hay quien se levanta al alba y saluda a una colina como se saluda a un pariente. No es una manera de hablar.
Si un día te ocurre ir a esa tierra, recuerda la primera regla, la más sencilla. No intentes llevarte la historia. Detente. Escucha a quien te acoge.
Y camina despacio. El Sueño está bajo tus pies.
Una tradición viva, contada con respeto: cómo contamos los mitos.
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