
El juego de pelota
ullamaliztli en náhuatl, pitz en maya
nada de miedo
En toda Mesoamérica, durante más de tres mil años, se jugó con una pesada pelota de goma, que se golpeaba con las caderas sin usar las manos. Los campos eran largos corredores de piedra, y en algunos había aros de piedra en lo alto de los muros: hacer pasar la pelota por el aro era una hazaña rarísima. No era solo deporte: según los estudiosos el vuelo de la pelota recordaba el viaje del sol, y en los mitos los gemelos del Popol Vuh juegan contra los señores del reino de los muertos. El campo más grande está en Chichén Itzá: su recinto, con las plataformas, mide unos 168 metros de largo.
¿Sabías que…? los europeos nunca habían visto el caucho: en 1528 Cortés llevó a España a unos jugadores, que se exhibieron ante el emperador Carlos V.
La historia
Al amanecer, en el campo, se oye un sonido seco. Toc.
Luego otro. Toc. Y otro más, más lejano, que rebota entre dos muros de piedra. Es el ruido de una pelota pesada que golpea un costado y vuelve al aire. Quien juega no usa las manos, ni los pies: usa las caderas, los muslos, los codos. La pelota es de goma maciza, grande como una cabeza, más dura de lo que se cree. Si pega mal, deja un moratón grande como una ciruela. Por eso los jugadores se atan a las caderas anchos cinturones acolchados y se protegen las rodillas: la goma, sobre la piel desnuda, hace daño, y la partida puede durar horas.
El campo es un largo corredor entre dos muros altos, de gradas inclinadas, con una ancha franja de tierra apisonada en medio. No hay ninguna portería, ninguna red. Pero en los muros, en lo alto, a más de seis metros del suelo, sobresalen dos grandes aros de piedra, con el agujero vuelto hacia el cielo. Hacer pasar la pelota por ese agujero es una hazaña casi imposible. Cuando ocurre, quien lo hace es recordado durante generaciones.
En Chichén Itzá, en Yucatán, está el campo más grande: su recinto, con los muros y las plataformas, mide unos ciento sesenta y ocho metros de largo. Durante más de tres mil años, en toda Mesoamérica, se ha jugado así.
Pero los mayas y sus vecinos sabían que esto no era solo un juego. Para entenderlo hay que volver a una historia, la de los hermanos.
El Popol Vuh cuenta de dos hermanos, Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú, grandes jugadores de pelota. Jugaban cada día en un campo cercano a un camino que bajaba bajo tierra. Bajo aquel campo había un reino, Xibalbá, donde vivían los señores de los muertos. Un día uno de ellos, Hun-Camé, oyó un ruido sobre su cabeza. Toc. Toc. Toc. Un ruido regular, insistente, que no lo dejaba dormir. Un ruido que le recordaba, cada vez, que sobre él alguien vivía y se divertía.
«¿Quién perturba nuestra paz?»
Los señores enviaron mensajeros a invitar a los hermanos a jugar abajo. Los hermanos aceptaron. No sabían que los esperaban con engaños. Bajaron, y no volvieron.
Durante mucho tiempo, en el mundo de arriba, el campo se quedó vacío. Luego nacieron sus hijos, dos gemelos, Hunahpú y Xbalanqué. Crecieron astutos, ágiles, y un día encontraron en la casa de la abuela una pelota y unos guantes de cuero que habían sido de su padre. Empezaron a jugar. Toc. Toc. Toc.
Bajo tierra, los señores de Xibalbá se miraron. «¿Otra vez?»
Enviaron la misma invitación. Los gemelos escucharon a los mensajeros, se miraron y dijeron que sí. Esta vez lo sabían todo.
Antes de partir, los gemelos plantaron en medio de la casa de la abuela dos plantitas de maíz. «Mientras sigan verdes, querrá decir que estamos vivos», dijeron. La abuela las miraba cada día, con el corazón encogido, y cada día estaban verdes.
El viaje fue largo y lleno de trampas. Los señores los pusieron a dormir en las casas de la prueba: la Casa Oscura, la Casa de las Navajas, la Casa del Frío, la Casa de los Jaguares, la Casa del Fuego, la Casa de los Murciélagos. En cada una habrían debido morir. Los gemelos no murieron. En la Casa Oscura, por ejemplo, debían mantener encendidos una antorcha de pino y un cigarro durante toda la noche, sin consumirlos: pusieron luciérnagas en lugar del fuego, y nadie se dio cuenta.
En Xibalbá, por fin, hubo la partida. Los señores sacaron al campo su pelota, y dentro, escondido, había un cuchillo de pedernal. Los gemelos miraron bien. «Esta no», dijeron, con buenos modales. «Juguemos con la nuestra.» Y jugaron. Toc. Toc. Toc. Nadie ganó enseguida, pero el campo de Xibalbá, aquella noche, resonó con un ruido nuevo.
Luego, durante un tiempo, se creyó que los gemelos habían muerto. Volvieron vivos bajo el aspecto de dos extraños malabaristas, que bailaban, saltaban en el fuego, desaparecían y reaparecían como si nada. Los señores los miraron boquiabiertos. «Hacednos eso también a nosotros», dijeron.
Los gemelos lo hicieron, a medias. El truco, para los señores, funcionó una sola vez. Y el reino de los muertos, que durante tanto tiempo no había temido a nadie, tuvo por primera vez miedo de dos muchachos con una pelota.
Cuando todo terminó, los gemelos dijeron quiénes eran. Y subieron. Hunahpú se convirtió en el sol, y Xbalanqué en la luna. Así es como, según el Popol Vuh, empezó a haber luz en el mundo.
Por eso los antiguos, cuando miraban el campo, no veían solo una competición. Veían el cielo. La pelota que va de una parte a otra, que se alza, que cae, que vuelve a subir: los estudiosos piensan que recordaba el viaje del sol por el cielo, y su viaje bajo tierra, de noche, donde esperan los muertos. La partida era también una oración, y como todas las oraciones podía jugarse bien o mal.
Después de la llegada de los españoles, el juego no desapareció enseguida. Un fraile, Diego Durán, escribió una historia de las tierras de los mexicas, y en aquellas páginas describió el juego: la goma, las caderas, la habilidad. La goma, sobre todo, lo impresionó. Los europeos nunca la habían visto.
En 1528, Hernán Cortés volvió a España desde México y llevó consigo a algunos jugadores. Los presentó al emperador Carlos V.
Intentad imaginar la escena. Un patio de piedra, en España, con las damas y los caballeros que se disponen en círculo. Hombres venidos del otro lado del océano que se quitan los mantos y, sin decir una palabra, empiezan a golpear con la cadera una pelota oscura y pesada. Toc. Toc. La pelota sube más alto de lo que una pelota de cuero puede hacer. Rebota en las piedras. Vuelve. Ningún caballero sabe qué decir. Un paje, en algún lugar, deja caer una bandeja.
Al otro lado del mar, mientras tanto, en un campo de piedra bajo el sol de Yucatán, alguien estaba golpeando la pelota con la cadera. Toc.
Como hace el sol, cada día: sube, pasa, cae, y vuelve a empezar.
Parientes por el mundo
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- Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music
Fuentes
- «Popol Vuh», traducción de Dennis Tedlock (1985)
- Diego Durán, «Historia de las Indias de Nueva España» (1581)
