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Atlas de los Mitos 0/300
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Un caballo negro con la crin goteando en la orilla de un lago escocés entre la niebla

caballo de agualagos y ríos de Escocia · Mitología celta

El Kelpie

kelpie, en escocés

da miedo

El kelpie es un espíritu de los ríos y lagos escoceses que suele tomar la forma de un hermoso caballo. Se deja encontrar en la orilla, tranquilo y ensillado, como si esperara a alguien. Pero quien se sube a su lomo se queda pegado y es llevado derecho al agua profunda. Se piensa que las historias servían para mantener a los niños lejos de los ríos peligrosos. Si se consigue ponerle una brida, sin embargo, el kelpie se vuelve fuerte y obediente.

¿Sabías que…? cerca de Falkirk, en Escocia, hay dos enormes cabezas de caballo de acero de treinta metros de alto llamadas precisamente «The Kelpies».

La historia

Los niños de aquel pueblo sabían que no debían bajar al lago después de la puesta del sol.

Se lo repetían cada noche, con la misma voz con que se dice que no se toque el fuego. Pero los niños son niños, y el lago, en las tardes de verano, era lo más hermoso del mundo: agua quieta, negra y lisa como un cristal, con las montañas al revés encima.

Aquel día se habían entretenido. Eran siete, ocho, quizá nueve: los mayores a la cabeza, los más pequeños trotando detrás con los zapatos en la mano. El sol estaba bajo, el aire tenía ese olor a hierba y a agua fría que llega antes de la oscuridad.

Fue uno de ellos, el más pequeño, quien se detuvo primero.

«Mirad», dijo.

En la orilla, a pocos pasos del agua, había un caballo.

Era negro como la pez, brillante, hermosísimo. Tenía el cuello alto y arqueado, los ojos grandes y oscuros, y estaba quieto como si esperara desde siempre. Sobre el lomo tenía hasta una silla de cuero y las riendas estaban apoyadas en el cuello, como si el dueño se hubiera apeado un momento y fuera a volver enseguida. La crin le goteaba sobre los hombros. Y sin embargo aquel día no había llovido, y el viento estaba seco. La hierba alrededor de sus cascos estaba mojada, como si acabara de salir del agua.

«¿De quién es?», preguntó una niña.

«De nadie», dijo el más grande. «Aquí no hay nadie.»

«Mirad qué tranquilo está.»

Era verdad. A su alrededor el lago callaba: ni un pato, ni un coletazo de pez, ni el aire se movía sobre el agua. El caballo no movía la cola. No resoplaba. Los miraba con una paciencia extraña, casi con amabilidad, y cuando el más pequeño alargó una mano bajó la cabeza para dejarse tocar.

El pelo estaba frío. Frío y mojado, como una piedra de río.

«¿Puedo subir?», preguntó el más grande.

Nadie respondió, porque nadie sabía qué decir. El caballo no se movió. El muchacho puso un pie sobre la piedra y subió al lomo, y el caballo se quedó quieto, tranquilo, como si no pesara nada.

«¡Dejadme subir a mí también!», gritó otra, y subió ella también.

Luego un tercero. Luego un cuarto.

Nadie se dio cuenta de que el lomo, con cada niño, se hacía un poco más largo. Parecía lo bastante ancho para todos, incluso para el más pequeño, que había trepado con sus piernas cortas. El caballo los llevaba como en una barca. De vez en cuando agitaba la cola, y de la cola caían gotas de agua negra.

Solo uno de los niños no había subido. Era un muchachito de diez u once años, con un cuchillito de fruta en el bolsillo. Se había quedado atrás, mirando, con una pequeña arruga entre los ojos.

Algo no cuadraba. Un caballo sin dueño, en un lugar adonde los caballos nunca vienen. Una silla que nadie había puesto, y que sin embargo estaba allí.

Se acercó. El caballo ni siquiera lo miró. Miraba a los niños, uno por uno, y cada vez parecía contarlos. Por seguridad, el muchachito tocó el cuello con un dedo, solo uno, como se prueba el agua con la punta de un pie.

El dedo quedó pegado.

No consiguió despegarlo. Tiró, y el pelo lo retenía como una ostra retiene una roca. Intentó gritar, pero la voz se detuvo en la garganta.

En aquel instante el caballo levantó la cabeza.

Sus ojos ya no eran oscuros y amables. Estaban llenos de agua. Un agua profunda, que venía del fondo del lago, y que no tenía nada de animal. De su boca salió un sonido bajo, como un gorgoteo. No era un relincho. Parecía la voz de alguien que ríe bajo el agua.

Los niños sobre el lomo lo comprendieron todos a la vez. Empezaron a gritar. Intentaron bajar, pero no conseguían mover las piernas.

El muchachito con el dedo pegado hizo lo único que podía hacer. Sacó el cuchillito, cerró los ojos y cortó.

No sintió dolor. El miedo llenaba todo el cuerpo, y por un momento no había sitio para otra cosa.

Cayó hacia atrás, sobre la hierba.

El caballo partió.

No galopó, porque no hacía falta. Se lanzó hacia el lago de un solo salto, con todos los niños sobre el lomo, y el agua se abrió para acogerlos sin una salpicadura. Por un instante sobre la superficie negra se vio la crin. Luego una ola ancha, que llegó hasta la orilla y mojó los zapatos de quien se había quedado.

Luego el lago volvió a estar liso.

El muchachito se quedó sentado en la hierba, con la mano cerrada. Se quedó allí mucho rato. Alrededor, el crepúsculo se volvía azul. Una rana empezó a croar, luego otra. Desde el pueblo, lejano, llegaba la voz de una mujer que llamaba a sus hijos para la cena, y seguía llamándolos, y no respondía nadie.

Cuando los adultos llegaron con las linternas, encontraron en la orilla solo a él y un montoncito de zapatos.

No le creyeron enseguida. Una madre lo sacudió por los hombros, preguntando dónde estaban los otros, y él solo consiguió decir «en el lago», una vez, bajito. Luego miraron su mano. Y miraron la hierba, donde había la huella de un gran casco, llena de agua.

Aquella noche nadie, en aquel pueblo, durmió.

Los viejos, que de kelpies sabían más que los demás, decían que hay una sola manera de domar a un espíritu así: hay que cogerlo cuando está fuera del agua, y ponerle una brida en la cabeza antes de que se dé cuenta. Entonces, y solo entonces, el kelpie se vuelve obediente y fuerte, y trabaja para ti como diez caballos. Pero nadie lo consigue si está solo. Y nadie, de noche, tiene el valor de intentarlo.

Por eso, todavía hoy, en los pueblos junto a los lagos escoceses, a los niños se les dice lo mismo. Si ves un hermoso caballo cerca del agua, y nadie lo monta, y nadie lo vigila, y su pelo está mojado aunque no llueva, detente.

No lo toques. No lo mires a los ojos.

Y vuelve a casa antes de que anochezca.

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  • Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music

Fuentes

  • Walter Gregor, «Notes on the Folk-Lore of the North-East of Scotland» (1881)
  • Robert Burns, «Address to the Deil» (1786)
Ciro Simone Irmici

Quién está detrás

Ciro Simone Irmici

Construyo sitios web, aplicaciones y juegos. El Atlas lo he construido con inteligencia artificial y reviso yo cada ficha y cada fuente. No soy un estudioso de mitología: cuento las leyendas con respeto y digo siempre de dónde vienen. Si conoces una leyenda de tu pueblo, escríbeme.

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