
La Kuchisake-onna
口裂け女, en japonés
da mucho miedo
La Kuchisake-onna es una leyenda urbana moderna, no un mito antiguo. Se cuenta de una mujer con mascarilla en la cara que detiene a los chicos por la calle al atardecer y pregunta: «¿Soy bonita?». Si respondes que sí, se quita la mascarilla y muestra una boca larguísima, de oreja a oreja. Pero las historias enseñan también cómo salvarse: responder «eres normal», que la confunde, o regalarle un caramelo y huir mientras lo mira. Es una historia inventada, que pasa de boca en boca para dar miedo.
¿Sabías que…? en 1979 este rumor corrió tan deprisa por todo Japón que en algunas ciudades los niños volvían de la escuela en grupo, acompañados por sus padres.
La historia
En 1979, en el colegio, no se hablaba de otra cosa.
Nadie sabía quién lo había dicho primero. Alguien lo había oído de su primo, que lo había oído de un amigo que vivía en otra ciudad. El rumor había pasado de clase en clase, de barrio en barrio, y a cada paso se volvía un poco más preciso. Una mujer con mascarilla. Un abrigo largo, el pelo negro y liso. Aparecía a la hora en que la luz ya se ha ido y las farolas todavía no están del todo encendidas, y se detenía ante quien caminaba solo.
«¿Y luego?», preguntaba siempre alguien.
«Luego hace una pregunta.»
El muchacho, que tenía trece años, se reía de ello. En Japón, cuando circula el resfriado, media ciudad lleva mascarilla. «Si bastara una mascarilla para dar miedo», decía, «tendría que tener miedo de mi madre.»
Los demás se reían, pero no demasiado. Porque siempre había alguien que sabía un detalle más. La hermana de un compañero la había encontrado, o casi: una amiga suya, a dos calles del colegio. Ella había respondido que no, y no se había vuelto a hablar de ello. Otro juraba que bastaba decir la palabra justa. Cada uno tenía su regla, y las reglas nunca coincidían: quizá era esto lo que hacía la historia tan difícil de olvidar.
Aquel martes salió de la actividad de después de clase más tarde de lo habitual. Ya estaba oscuro, de una oscuridad azulada, y de las ventanas de los edificios llegaba el olor de la cena. La calle que hacía cada tarde pasaba por detrás del colegio, en un tramo sin tiendas, donde había una sola farola que zumbaba y de vez en cuando se apagaba un instante. El muchacho caminaba con las manos en los bolsillos y los ojos en las puntas de los zapatos. Pensaba en la tarea de matemáticas, en la cena, en cualquier cosa que no fuera la historia de aquella semana. Oía sus pasos. Luego se dio cuenta de que, aparte de los suyos, no había otros: ni un coche lejano, ni una televisión encendida, ni un perro. La calle había contenido el aliento.
Bajo la farola había una mujer.
Un abrigo largo, color arena. El pelo negro, liso, que le caía a los lados de la cara. En la cara, una mascarilla blanca, de las que se compran en la farmacia. Estaba quieta, con los brazos a lo largo del cuerpo, y miraba en su dirección. No se sabía desde cuándo estaba allí.
El muchacho aflojó el paso. Luego siguió caminando, porque detenerse habría sido todavía peor. Tres metros, dos metros.
«Perdona», dijo la mujer.
La voz era baja y amable. Una voz de vecina.
«¿Puedo hacerte una pregunta?»
Él se detuvo. No lo pensó: el cuerpo lo hizo solo.
«¿Soy guapa?»
La farola se apagó, por un segundo. Cuando volvió la luz, la mujer estaba un paso más cerca, aunque él no la había visto moverse. Sobre la mascarilla, dos ojos oscuros y fijos.
El muchacho recordó lo que se decía en el colegio. Que si respondes que no, ocurre algo malo. Que si respondes que sí, ocurre algo igualmente, pero después. Abrió la boca. Solo le salió un hilo de voz.
«Sí.»
«¿De verdad?», dijo la mujer. Y había una alegría extraña en su voz. «¿Incluso ahora?»
Con dos dedos, lentamente, se quitó la mascarilla.
Debajo, la boca no terminaba donde una boca debería terminar. Se abría en una línea ancha y delgada que atravesaba las mejillas de un lado a otro, casi hasta las orejas: una sonrisa dibujada por una mano demasiado larga. Y la mujer la mantenía así, inmóvil, a dos pasos de él, sin pestañear.
«¿Y ahora?», susurró. «¿Soy guapa también ahora?»
El muchacho sintió que la sangre le bajaba a los pies. Le vino a la mente su compañero de pupitre, el día anterior, que en la parte de atrás del cuaderno había escrito una sola palabra, y la había subrayado dos veces. Normal. «Si no sabes qué decir», le había dicho, «di eso. No lo entiende.»
Habló con la garganta seca.
«Eres... normal.»
La mujer no se movió.
«Normal», repitió, bajito.
Inclinó la cabeza, como si hubiera oído una lengua extranjera. Durante un largo momento, en la calle desierta, no se oyó nada más que el zumbido de la farola.
«Normal...», dijo otra vez, y su boca abierta se movió, insegura, alrededor de aquella palabra. Estaba pensando. El muchacho comprendió que aquella era la única oportunidad que tendría.
En el bolsillo del abrigo, bajo un pañuelo, estaba el caramelo que le había dado su abuela. Sacó la mano y se lo tendió, temblando. «Toma. Si... si te apetece.»
La mujer miró el caramelo. Luego lo miró a él. Luego otra vez el caramelo, con la cabeza todavía ladeada, y alargó la mano para cogerlo con una lentitud casi amable.
El muchacho corrió.
Corrió como nunca había corrido, sin volverse, sin respirar, con la mochila golpeándole la espalda y los zapatos resbalando sobre el asfalto helado. Detrás de él, cada vez más lejos, oía una voz que repetía, una y otra vez, la misma palabra, con una cadencia extraña, como una niña que aprende a leer.
«Normal. Normal. Normal...»
Llegó a casa con el aliento roto. La madre, que estaba cocinando, levantó los ojos.
«¿Qué te pasa? Estás pálido.»
«Nada», dijo él. «He corrido.»
Aquella noche no durmió. Se quedó mirando el techo, con la luz del pasillo que pasaba bajo la puerta, contando los segundos entre un ruido y otro. A la mañana siguiente, en el colegio, nadie le preguntó nada: todos tenían su historia que contar, y los profesores, al final de la clase, recomendaban a los chicos que volvieran a casa en grupo, nunca solos. En algunas zonas, durante aquellas semanas, los alumnos volvieron a casa en fila, acompañados por grupos de padres.
El muchacho no dijo a nadie lo que le había pasado. No se lo dijo al compañero de pupitre, ni a los profesores, ni a su madre.
Había oído una cosa, mientras corría. Una cosa que no contó nunca, ni siquiera de mayor.
En un momento dado, a sus espaldas, la voz había cambiado. Ya no decía «normal».
Se había convertido en una pregunta. Y la pregunta era: «¿Y tú?»
Una tradición viva, contada con respeto: cómo contamos los mitos.
Parientes por el mundo
Escucha / Lee también
- Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music
Fuentes
- Michael Dylan Foster, «Pandemonium and Parade: Japanese Monsters and the Culture of Yōkai», University of California Press (2009)
- Michael Dylan Foster, «The Book of Yōkai», University of California Press (2015)
