
Lilith
lilītu, en acadio
da miedo
Lilith es una figura que quizá tiene sus raíces en Mesopotamia y que ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. En las antiguas fórmulas de protección sumerias y babilonias aparecen las lilītu, espíritus del viento y de la noche. En un poema sumerio una criatura parecida se esconde entre las ramas del árbol de la diosa Inanna, hasta que el héroe Gilgamesh la expulsa: el poema no la llama Lilith, y los estudiosos discuten si es la misma figura. Mucho más tarde, en las leyendas hebreas medievales, Lilith se convierte en la primera esposa de Adán, que no quiere obedecerle y se va volando. Para proteger las casas de los espíritus de la noche se usaban amuletos y cuencos con fórmulas escritas.
¿Sabías que…? un famoso relieve babilonio del British Museum, la «Reina de la Noche», se llamaba antes «de Lilith»; hoy los estudiosos piensan que muestra más bien a una diosa.
La historia
En una habitación oscura hay una cuna, y junto a la cuna una madre que no duerme.
Quizá sea una casa antigua de Babilonia, quizá una aldea medieval. Fuera es noche cerrada. El bebé tiene pocos días. La madre ha hecho todo lo que se debe hacer: ha puesto bajo la cama un cuenco de barro cocido con inscripciones en espiral, palabras y nombres de ángeles, y ha pegado en la puerta un papelito con otros nombres. Le han dicho que sirve.
Sirve contra ella.
De vez en cuando el viento hace golpear un postigo. La madre contiene el aliento, luego lo suelta. El bebé respira bajito, con una mano cerrada en puño junto a la mejilla. Dormir, en aquella casa, es un trabajo para dos: uno duerme y el otro vela.
Lilith. Un nombre que mucha gente conoce, y del que casi nadie sabe de dónde viene.
La verdad es que no hay una sola Lilith. Hay muchas, crecidas una encima de otra como los estratos de una ciudad antigua.
Empecemos por el fondo.
En las ciudades de Mesopotamia, hace unos cuatro mil años, los conjuros hablaban de espíritus llamados lilītu: seres del viento y de la noche, que rondaban las casas al anochecer. No tenían rostro. Eran más un soplo, un ruido, esa sensación de que te observan en la oscuridad. En las tablillas de arcilla los escribas anotaban las fórmulas para espantarlos.
Luego hay un poema sumerio, antiquísimo, que cuenta la historia de un árbol.
Era un sauce, crecido a orillas del Éufrates. La diosa Inanna lo había trasplantado a su jardín, porque con su madera quería hacerse un trono y una cama. Pero cuando el árbol fue grande, alguien ya se había instalado en él. En la raíz, una serpiente que ningún encantamiento podía domar. En la copa, el pájaro Anzu con sus crías. Y en medio del tronco, una criatura que el poema llama «ki-sikil-lil-la-ke», que podríamos traducir «la doncella del viento», y que se había construido allí su casa.
Inanna lloraba. Entonces llegó Gilgamesh, con el hacha de bronce. Mató a la serpiente. El pájaro huyó a las montañas. Y la criatura del tronco destrozó su casa y huyó a los lugares desiertos.
Algunos estudiosos piensan que esa doncella es la primera Lilith. Otros no están seguros: en el poema su nombre es otro. No podemos saberlo.
Pasan los siglos, pasan los imperios.
En la Biblia hebrea su nombre aparece una sola vez, en un versículo del profeta Isaías. Describe una tierra devastada, abandonada, donde solo viven animales salvajes: el chacal, el búho, el macho cabrío salvaje. Y entre ellos, la «lilit», que encuentra allí un lugar donde descansar. Todavía hoy no se sabe bien cómo traducirla: ¿lechuza? ¿criatura nocturna? Una palabra, y nada más. Ningún relato, ninguna historia.
Luego viene el Talmud. Apenas habla de ella. Dice que Lilith tiene los cabellos largos, y que es peligroso, en las casas, dormir solos.
Más o menos en la misma época, entre el siglo V y el VII después de Cristo, gente corriente de Mesopotamia escribía conjuros en espiral dentro de cuencos de barro cocido, y los enterraba boca abajo bajo el suelo de las casas. Algunos cuencos nombran a Lilith. Alguno le ordena irse con la fórmula de una carta de divorcio, como se hace con un huésped que ya no se quiere: nadie debía molestar más aquella casa.
Y luego, por fin, el relato.
Lo cuenta un libro medieval, escrito quizá entre los siglos VIII y X, que se llama «Alfabeto de Ben Sira». No es la Biblia. Es un texto popular, lleno de anécdotas y de preguntas, escrito por alguien que se preguntaba lo que todos se preguntan: ¿cómo era el mundo antes de Eva?
El libro responde así.
Cuando Dios creó a Adán, creó también una mujer, y la creó de la misma tierra, del mismo modo. Se llamaba Lilith. Vivían juntos, pero pronto empezaron a pelearse.
«Yo no me pondré debajo de ti», dijo ella.
«Eres tú quien debe ponerse debajo de mí», respondió Adán. «Yo soy superior.»
«Somos iguales», dijo Lilith. «Estamos hechos de la misma tierra.»
Ninguno de los dos quiso ceder. Entonces Lilith hizo lo que el libro cuenta con pocas palabras: pronunció el Nombre de Dios, el nombre que nadie debe decir, y se elevó en el aire, y se fue volando.
Adán, que se quedó solo, se quejó a Dios.
Dios envió a tres ángeles a buscarla: Senoy, Sansenoy y Sammangelof. La encontraron en medio del mar, en un lugar donde las olas rompen contra el desierto. Le dijeron: «Vuelve con Adán. Si no vuelves, cada día morirán cien de tus hijos.»
Lilith no volvió.
«Me han hecho para dañar a los recién nacidos», dijo. «He nacido para esto. Durante ocho días a los varones, durante veinte a las niñas, estaré siempre en su puerta.»
Pero los ángeles le hicieron jurar una cosa. Si veía su nombre, o el de sus compañeros, escrito sobre un amuleto, no entraría. Y Lilith lo juró.
Por eso, dice el libro, todavía hoy se cuelgan los nombres de los ángeles sobre la cama de los recién nacidos.
Esta es la historia. Y aquí hay que decir algo que el relato no dice.
Quien la escribió, en la Edad Media, quería explicar por qué los niños pequeños enfermaban, por qué algunas noches estaban llenas de miedos. Así que tomó una figura antiquísima, hecha de viento, y le dio un rostro, un nombre, un motivo. Una culpa. Pero al hacerlo tuvo que poner en su boca una frase que desde hace siglos da que hablar: «Somos iguales».
La Lilith de la historia, en el fondo, no es un demonio de película. Es una palabra que se quedó sin casa, y que cada uno, durante mil años, ha llenado con sus propios miedos.
Aquella madre, en la habitación oscura, no lo sabe. Mira la cuna. Mira el cuenco bajo la cama. Fuera está el viento.
Y en el viento, una noche más, hay algo que tiene un nombre, y que no entra.
Parientes por el mundo
Escucha / Lee también
- Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music
Fuentes
- «Gilgamesh, Enkidu y el Inframundo», poema sumerio
- «Alfabeto de Ben Sira» (Edad Media)
- British Museum, «The Queen of the Night relief»
