
Las Siete Hermanas
Kungkarangkalpa, en pitjantjatjara
un poco de miedo
Muchos pueblos aborígenes del desierto cuentan la historia de las Siete Hermanas, que las comunidades han elegido compartir con todos a través de exposiciones y pinturas. Las hermanas atraviesan el continente huyendo de un hombre que las persigue y cambia de forma para engañarlas. Durante el viaje crean lugares, charcas y rocas que todavía hoy se pueden visitar. Al final suben al cielo y se convierten en las estrellas de las Pléyades; en muchas versiones el perseguidor las sigue también hasta allí. La historia atraviesa miles de kilómetros y las tierras de pueblos distintos.
¿Sabías que…? también los griegos llamaban a las Pléyades «las siete hermanas»: en todo el mundo, pueblos lejanísimos han visto en ese grupo de estrellas a un grupo de muchachas.
La historia
Quien haya mirado alguna vez el cielo en una noche clara y sin luna, conoce ese pequeño grupo de estrellas que parece un puñado de chispas.
Los griegos las llamaron Pléyades. En el desierto de Australia, desde hace muchísimo tiempo, tienen otro nombre: las Siete Hermanas.
Su historia es larga como un continente. Algunos pueblos del desierto han decidido contar una parte de ella también a quien vive lejos, en los museos y en las pinturas, y nosotros seguimos una sola versión, la pública. Existen otras, distintas de un pueblo a otro, y las partes más secretas quedan para quien tiene derecho a conocerlas.
Empezaba, dicen, en el Tiempo del Sueño, cuando el mundo todavía estaba formándose y la tierra no había decidido su forma.
Siete hermanas caminaban por el desierto.
Eran jóvenes, fuertes, veloces. Llevaban palos de cavar, buscaban raíces y semillas, perseguían animalitos entre los arbustos. Hablaban poco y cantaban mucho, porque al caminar los cantos ayudan a recordar el camino. La mayor guiaba al grupo, con la mirada siempre al frente. La más pequeña cerraba la fila, y se detenía a tocar cada piedra.
De día el desierto era un mar rojo, con el aire temblando sobre la arena. Por la tarde se abría en un silencio tan grande que se oía respirar el fuego. Las hermanas se sentaban en círculo, repartían lo que habían encontrado, y la más pequeña siempre preguntaba lo mismo: «¿Cuánto falta?». La mayor siempre respondía igual: «No es el camino el que termina. Somos nosotras las que seguimos adelante».
No estaban solas.
Desde hacía unos días, alguien las seguía. Se dieron cuenta una tarde, cuando el fuego se apagó y en el silencio oyeron, muy lejos, un paso que no era el suyo.
«Ha vuelto», dijo la hermana mayor.
El hombre se llamaba Wati Nyiru. Era alto, guapísimo, con una voz que sabía encantar. Quería a una de ellas para sí, y no aceptaba un no. Tenía un poder: podía cambiar de forma.
Un día, mientras las hermanas caminaban, encontraron delante de sí un árbol solitario, en medio de la llanura. Tenía una sombra invitadora. Pero la hermana mayor se detuvo.
«Este árbol ayer no estaba.»
Las hermanas se miraron. El árbol, en aquel momento, pareció moverse, como un hombre que se despierta. En pocos instantes se disolvió en el aire, y las hermanas se pusieron a correr.
Otra vez, cerca de una charca de agua, vieron a un joven apuesto que dijo ser un caminante. Era amable, hablaba bajito. Pero a la más pequeña le vino un escalofrío, sin saber por qué, y tiró de la mano de la hermana más cercana.
«Vámonos», susurró. «Ya.»
Se alejaron sin volverse. A sus espaldas, el joven dejó de sonreír.
Cada vez se salvaban por poco. Cada vez él volvía, con otra forma, otra voz, otra manera de acercarse. Y ellas aprendían a reconocerlo: por el paso demasiado ligero, por las palabras demasiado dulces, por el silencio repentino de los animales.
Seguían adelante.
Hubo días más duros que otros. Días en que el viento traía arena a los ojos y la garganta ardía, y ninguna de ellas encontraba fuerzas para cantar. Uno de esos días la más pequeña se sentó en el suelo y dijo que no podía más.
La hermana mayor no la regañó. Se agachó a su lado, le dio de beber el último sorbo de agua y le puso en la mano el palo de cavar.
«Camina despacio», le dijo. «Pero camina. Delante de nosotras hay un lugar donde el agua ya está lista.»
Era verdad. Al atardecer la encontraron.
Caminaban días y días, por las arenas rojas, las llanuras de espinifex, las dunas que se movían con el viento. Donde se detenían a descansar dejaban una señal: una charca de agua donde antes había roca seca, una roca en el punto donde una de ellas se había sentado a dormir, una garganta excavada por el peso de sus pasos. Esos lugares, dicen, todavía existen. Quien los conoce sabe cantar el camino que las hermanas hicieron para llegar a ellos, y el canto es un mapa que se aprende de memoria.
El país es esto: no una extensión vacía, sino una trama de historias.
En un momento dado las hermanas comprendieron que la tierra ya no bastaba. Estaban demasiado cansadas para seguir huyendo, y él no se detenía. Se reunieron en círculo y hablaron en voz baja.
«Si nos quedamos aquí», dijo la mayor, «nos atrapará.»
«¿Y adónde vamos?», preguntó la más pequeña. «¿Adonde no pueda seguirnos?»
La hermana mayor levantó los ojos.
El cielo, aquella noche, estaba oscuro y lleno de estrellas. No había luna, y se veían incluso las más débiles, una sobre otra, hasta el horizonte.
Se cogieron de la mano. El suelo bajo sus pies se hizo ligero. Las siete hermanas se despegaron de la tierra, una tras otra, y subieron. Subieron sobre las dunas, sobre las charcas, sobre los lugares que habían creado. Desde lo alto, por un instante, vieron todo su camino tendido bajo ellas como un collar de pequeños fuegos. Luego subieron más, hasta que fueron pequeñas, luego pequeñísimas, luego solo un resplandor.
Todavía hoy están allá arriba. Siete estrellas cercanas, que parecen cogerse de la mano.
El hombre que las perseguía no renunció. Cuando las vio subir, levantó la cabeza y las siguió también al cielo, como cuentan muchas versiones. En algunas historias se ha convertido en un grupo de estrellas que sale tras ellas y las persigue cada noche, sin alcanzarlas nunca. Se dice que es la constelación que otros pueblos llaman Orión.
Si miráis a las Siete Hermanas en una noche clara, quizá solo contéis seis. El séptimo punto es más tenue, y según el aire y los ojos se ve, o no se ve.
La huida, en esta historia, no ha terminado. Las hermanas suben, el perseguidor sube tras ellas, y el desierto, abajo, recuerda su paso en cada charca y en cada roca. Para quien conoce la historia, el cielo no está sobre el país: es el mismo camino, visto desde otra parte.
Esta historia pertenece a los Custodios anangu, que en 2017 decidieron darla a conocer a todos con la exposición «Songlines» del National Museum of Australia.
Una tradición viva, contada con respeto: cómo contamos los mitos.
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Fuentes
- Margo Neale (ed.), «Songlines: Tracking the Seven Sisters», National Museum of Australia Press (2017)
- National Museum of Australia, «Songlines: Tracking the Seven Sisters»
