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Atlas de los Mitos 0/300
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Mazorcas de maíz amarillas y blancas traídas por una zorra, un coyote, un loro y un cuervo en una montaña

la creación mayaPaxil, Guatemala · Las mitologías azteca y maya

Los hombres de maíz del Popol Vuh

Popol Wuj, en k'iche'

nada de miedo

El Popol Vuh cuenta que los dioses creadores intentaron varias veces hacer a los seres humanos. Los animales no sabían nombrar a sus creadores, y así los hicieron de barro, pero se deshacían y no se tenían en pie. Luego los hicieron de madera: caminaban y hablaban, pero no tenían corazón y se olvidaban de sus creadores; fueron barridos y los que quedaron se convirtieron en monos. Al final cuatro animales, la zorra, el coyote, el loro y el cuervo, mostraron a los dioses un lugar lleno de maíz amarillo y blanco. Con esa masa de maíz nacieron las personas verdaderas.

¿Sabías que…? la única copia antigua del Popol Vuh fue transcrita hacia 1701 por un fraile en Chichicastenango, y hoy se conserva en una biblioteca de Chicago.

La historia

Al principio no había nada de lo que veis ahora.

No había montañas, ni árboles, ni ríos. No había nadie que respirara. El Popol Vuh, el libro sagrado de los k'iche' de Guatemala, dice que todo estaba quieto, en calma, en silencio. El cielo estaba vacío. Y bajo el cielo, solo el agua, inmóvil como un espejo.

En el agua estaban los creadores. Se llamaban Tepeu y Gucumatz, y hablaban entre ellos en la oscuridad, y sus voces tenían la fuerza de hacer las cosas. Dijeron: «¡Tierra!» Y la tierra se alzó del mar como una niebla que se espesa. Dijeron: «¡Montañas!» Y las montañas brotaron, una tras otra, como si alguien las tirara hacia arriba desde abajo.

Luego vinieron los animales. Los ciervos, los pájaros, los jaguares, las serpientes: cada uno tuvo su casa, un barranco o una rama, una madriguera o una charca. Los creadores les dijeron: «Hablad. Decid nuestros nombres. Adoradnos.»

Los animales abrieron la boca. Salieron gruñidos, silbidos, rugidos, graznidos. No salió ningún nombre.

Los creadores fueron pacientes. Repitieron sus nombres una vez, dos veces, tres veces, despacio, como se hace con un niño que empieza a hablar. Los ciervos respondían con un sonido, los pájaros con otro, y el jaguar, por toda respuesta, bostezó.

Los creadores se miraron. «No va», dijeron. «Necesitamos a alguien que sepa hablar.»

Y probaron con el barro.

Amasaron la tierra mojada y le dieron forma de hombre. Era un hombre blando, que no se sostenía en pie y no conseguía volver la cabeza. Hablaba, pero las palabras no tenían sentido. Cuando el agua lo tocaba, se deshacía. Los creadores lo vieron desmoronarse y comprendieron que tampoco así iba.

Entonces llamaron a dos ancianos sabios: la abuela Xmucané y el abuelo Xpiyacoc, que sabían leer el futuro lanzando granos de maíz y semillas rojas de un árbol. «¿Qué debemos hacer?», preguntaron. Los dos ancianos lanzaron las semillas, las miraron largo rato, y respondieron: «Hacedlos de madera.»

Así hicieron hombres y mujeres de madera.

Estos sí se sostenían en pie. Caminaban, hablaban, se multiplicaban, llenaron la tierra de hijos. Pero había algo que no iba. No tenían corazón, no tenían alma. No se acordaban de sus creadores. Caminaban a cuatro patas, sin mirar nunca el cielo.

Entonces los dioses enviaron el diluvio. Cayó una lluvia de resina, espesa y pegajosa. Y fue en aquel momento cuando las cosas empezaron a rebelarse. Las ollas dijeron: «Nos habéis quemado cada día, ahora os toca a vosotros.» Las piedras de moler dijeron: «Nos habéis aplastado cada mañana.» También los perros, también los pavos se hicieron oír. Los hombres de madera huyeron a los tejados, a los árboles, a las cuevas, pero adondequiera que fueran alguien los perseguía. Se dice que los que sobrevivieron, saltando de rama en rama, se convirtieron en los monos que todavía hoy viven en la selva.

El mundo estaba de nuevo vacío. Dos intentos, dos fracasos.

Los creadores ya no sabían qué sentir. Fue en aquel momento cuando llegaron los cuatro animales.

Una zorra, un coyote, un loro y un cuervo. Venían de lejos, con las plumas y el pelo revueltos, y traían una noticia. «Hemos encontrado un lugar», dijeron. «Se llama Paxil, y se llama Cayalá. Está lleno de maíz. Maíz amarillo y maíz blanco. Quien quiere comer, allí come.»

La abuela Xmucané miró los granos. Luego cogió las mazorcas y las llevó a casa. Las molió sobre la piedra nueve veces, nueve largas veces, con las manos sucias de harina. Luego amasó la harina con agua, y de la masa, poco a poco, nacieron los brazos, las piernas, los hombros, las manos. Un cuerpo que se movía. El más hermoso que habían hecho nunca. La abuela lo miró, dio un paso atrás, y por primera vez en mucho tiempo sonrió.

Eran cuatro hombres. Se llamaban Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam.

Fueron los primeros que sabían hablar de verdad. Apenas abrieron los ojos, lo primero que dijeron fue: «Gracias, gracias dos veces, gracias tres veces. Hemos sido hechos. Tenemos boca, tenemos cara, hablamos, escuchamos, pensamos, caminamos. Vemos bien.»

Y veían de verdad bien. Lo veían todo. Veían la forma del cielo y el fondo de la tierra, veían lo que estaba cerca y lo que estaba lejísimos, sin tener que dar un paso ni volver la cabeza.

Los creadores se detuvieron a pensar. «No está bien. Si lo ven todo, serán como nosotros. Y no queremos que los hombres sean dioses.»

Así el Corazón del Cielo sopló sobre sus ojos. Fue un soplo ligero, como el que se posa sobre un espejo y lo empaña. Desde aquel día los hombres solo vieron lo que está cerca. Perdieron la vista del infinito, pero ganaron una cosa: el tiempo de mirar lo que tenían delante.

Luego, mientras los cuatro dormían, los creadores dieron a cada uno una esposa. Cuando despertaron, y la vieron a su lado, su corazón se llenó de alegría.

De aquellos cuatro nacieron los hijos, y de los hijos los hijos de los hijos, y el mundo empezó a poblarse de nuevo. Esta vez nadie se deshizo en el agua. Nadie olvidó quién lo había hecho.

El Popol Vuh fue escrito en lengua k'iche' hacia mediados del siglo XVI, con las letras del alfabeto latino, porque los antiguos libros pintados ya no estaban. El manuscrito original se ha perdido. Lo que nos queda es la copia hecha, hacia 1701, por un fraile, Francisco Ximénez, en Chichicastenango, en las montañas de Guatemala. Hoy se conserva en Chicago, en la Newberry Library, lejísimos de las montañas donde fue escrito.

Las grandes historias se salvan así: alguien las escribe antes de que desaparezcan, y otro, mucho tiempo después, las copia.

En cuanto al maíz, en Guatemala todavía lo cultivan. Y en aquellos campos, cuando la mazorca está madura y dorada, quien conoce el libro sabe bien de qué está hecha la tortilla que se está comiendo.

Escucha / Lee también

  • Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music

Fuentes

  • «Popol Vuh», traducción de Dennis Tedlock, Simon & Schuster (1985)
  • Newberry Library, Chicago, manuscrito Ayer MS 1515
Ciro Simone Irmici

Quién está detrás

Ciro Simone Irmici

Construyo sitios web, aplicaciones y juegos. El Atlas lo he construido con inteligencia artificial y reviso yo cada ficha y cada fuente. No soy un estudioso de mitología: cuento las leyendas con respeto y digo siempre de dónde vienen. Si conoces una leyenda de tu pueblo, escríbeme.

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