
El Leprechaun
leipreachán, en irlandés
nada de miedo
El leprechaun es un duende irlandés solitario, pequeño como un niño de pocos años, que de oficio es zapatero: si oyes en el bosque un tecleteo de martillito, quizá es él trabajando en un zapato. Tiene escondida en algún lugar una olla llena de monedas de oro. Si consigues atraparlo y no le quitas nunca los ojos de encima, está obligado a decirte dónde está el tesoro. Pero es astutísimo: basta un instante de distracción y desaparece. En las recopilaciones del siglo XIX se lo encuentra a menudo vestido de rojo; el verde llegó más tarde.
¿Sabías que…? el nombre «leprechaun» viene de «luchorpán», los tres seres diminutos que en un antiguo relato irlandés arrastran hacia el mar al rey Fergus dormido en una playa.
La historia
El relato más antiguo que habla de leprechauns no tiene ni oro ni arcoíris.
Un rey irlandés llamado Fergus se había dormido en la orilla del mar, y tres seres pequeñísimos lo cogieron por los pies e intentaron arrastrarlo al agua. Fergus despertó, los agarró a los tres y los apretó entre las manos. «Déjanos ir», dijeron. «Te damos todo lo que quieras.» Él, que era un rey de buen juicio, eligió poder nadar bajo el agua como un pez. Le dijeron que sí, con una sola advertencia: nunca en un lago concreto. Naturalmente Fergus fue justo allí, y esa es otra historia.
Después de aquello los seres pequeños tuvieron tiempo de aprender el oficio. Y la historia que se contaba junto al fuego en Irlanda, mil años después, iba así.
Había un campesino, una tarde de verano, que volvía de los campos con la azada al hombro. Se había detenido a tomar aliento junto a un seto, cuando oyó un ruido.
Tic, tic, tic, tic.
Un martillito. Pequeño pequeñito, pero decidido, justo desde detrás de las ramas.
El campesino conocía aquel sonido. Se lo había oído contar a su abuelo, que se lo había oído contar al suyo. Se arrodilló y, conteniendo el aliento, apartó una ramita.
Sentado en una piedra había un hombrecillo alto como un niño de cuatro años, con la cara arrugada como una manzana vieja. Llevaba un sombrero puntiagudo, una chaqueta roja con grandes botones, un delantal de cuero, y golpeaba con cuidado la suela de un zapato. Un único zapato. A su lado, en la hierba, había una jarra llena hasta el borde de algo que olía a cerveza.
El campesino no perdió tiempo. De un salto, alargó la mano y lo agarró por el cuello.
«¡Ah!», dijo el hombrecillo, sin soltar el martillo. «Veo que te has levantado de buen humor.»
«Tú eres un leprechaun», dijo el campesino. «Y no te suelto hasta que me digas dónde guardas tu oro.»
«¿Oro?» El hombrecillo abrió los ojos de par en par, con el aire más inocente del mundo. «¿Qué oro? Yo soy un pobre zapatero. Mira qué manos. Las tengo todas agujereadas por la aguja.»
«Lo sé todo de ti», dijo el campesino. «Si no te quito los ojos de encima, estás obligado a decírmelo.»
El hombrecillo suspiró. El campesino tenía razón, y los dos lo sabían.
Antes, sin embargo, lo intentó de todas las maneras. «Mira», dijo con voz preocupada, «tu vaca se ha metido en la avena. Si se la come toda, mañana ya no tendrás campo.» El campesino no giró la cabeza. «¡Mira, hay un halcón enorme sobre ti!» El campesino no levantó los ojos. «¡Tienes la camisa en llamas!» El campesino, que había oído demasiadas veces aquella historia, se limitó a apretar un poco más el cuello. Al final el duendecillo comprendió que era inútil y se rindió.
Empezó entonces el momento más importante de todo el relato, es decir, aquel en que el campesino debía hacer una sola cosa: mirar. No parpadear, no rascarse, no apartar la vista ni por un segundo.
«Ahí», dijo el hombrecillo con un suspiro, señalando con la barbilla. «Mi oro está bajo aquella planta amarilla, allá, en el centro del prado. Cava y lo encontrarás.»
El campesino miró el prado. Una planta amarilla, pero había docenas, altas hasta la rodilla, todas iguales y todas floridas. «¿Cuál?», preguntó. «Te lo he dicho: la del centro.» «¿Pero el centro de qué?» «Del prado, obviamente. Qué preguntas.» El hombrecillo hacía el ofendido, con la nariz levantada, y balanceaba los pies en el vacío como un niño en brazos de su abuelo.
«No te muevas», dijo. Y, con la mano libre, sin soltar al hombrecillo, llevó al pequeño en brazos hasta el centro del prado.
«Aquí», dijo el hombrecillo. «Esta. Justo esta.»
El campesino se detuvo. No tenía ni pala ni azada: la había dejado apoyada en el seto. No podía soltar al hombrecillo e ir a buscarla. Pero tampoco quería cavar con las manos.
Se le ocurrió una idea. Se quitó del cuello su pañuelo rojo, el más bonito que tenía, y lo ató alrededor del tallo de la planta, bien apretado, con tres nudos.
«Jura», dijo. «Jura que no lo quitarás.»
«Lo juro», dijo el hombrecillo. «Por mi zapato.»
El campesino lo dejó ir, porque una promesa hecha por un leprechaun vale, y corrió a coger la azada. Volvió en pocos minutos, jadeante, con el sudor en la frente y la cara roja de satisfacción.
Se detuvo, y la azada se le escurrió de la mano.
El prado estaba lleno de pañuelos rojos.
Había en cada planta amarilla, a docenas, todos iguales, todos con el tallo bien apretado con tres nudos, todos perfectos. El viento los movía despacio, como muchas pequeñas banderas. En medio del prado, el sol poniente hacía brillar aquel mar de rojo.
En algún lugar detrás del seto se oyó una risita fina.
«¡Has cumplido la promesa!», gritó una vocecita. «¡No lo he quitado! ¡Nunca lo he quitado! ¡Solo he puesto otros!»
El campesino se quedó de pie en medio de los pañuelos, sin palabras. Luego, lentamente, empezó a reír también él. Era una risa de verdad, que venía de lejos, que le hacía daño en la barriga. No había nada que hacer: lo habían vencido, y bien.
En casa, aquella noche, se lo contó todo a su esposa.
«Has perdido el pañuelo», dijo ella. «Y también todos los demás, si el hombrecillo se los queda. ¿Has encontrado al menos algo útil?»
«No», dijo el campesino. «Solo una buena historia.»
Pero a la mañana siguiente, al abrir la puerta, encontró en el umbral su zapato izquierdo, el del agujero que llevaba arrastrando desde hacía un mes. Estaba recién remendado, con una suela tan bien cosida que parecía nueva. El derecho estaba donde lo había dejado, agujereado como antes.
Durante un rato pensó que era una amabilidad, y durante otro rato una burla. Al final decidió que eran lo mismo.
Porque un leprechaun nunca regala dos zapatos.
Pero uno, de vez en cuando, lo deja en el umbral a quien ha sabido perder riendo.
Parientes por el mundo
Escucha / Lee también
- Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music
Fuentes
- «Echtra Fergus mac Léti», Las aventuras de Fergus (siglo VIII)
- W. B. Yeats, «Fairy and Folk Tales of the Irish Peasantry» (1888)
