Saltar al contenido
Atlas de los Mitos 0/300
ES
Una diosa azul cubierta de estrellas arqueada sobre un dios verde tumbado, con un dios del aire en medio

cielo y tierrael cielo de Egipto · Mitología egipcia

Nut y Geb

Nwt y Gbb, cielo y tierra

nada de miedo

Nut era la diosa del cielo y Geb el dios de la tierra. Los egipcios dibujaban a Nut como una mujer altísima, arqueada sobre el mundo, con las manos y los pies apoyados en los dos horizontes y el cuerpo cubierto de estrellas; bajo ella, tumbado, estaba Geb, verde de plantas. Entre ellos estaba de pie Shu, el dios del aire, que los mantenía separados. Según la tradición, cada tarde Nut se tragaba el sol, que viajaba por su cuerpo durante toda la noche, y cada mañana lo hacía nacer de nuevo. De los dos vinieron Osiris, Isis, Set y Neftis.

¿Sabías que…? dentro de muchos sarcófagos egipcios, en la tapa, estaba pintada Nut con los brazos abiertos, para que protegiera al difunto como el cielo protege la tierra.

La historia

Al principio el cielo no estaba arriba.

Estaba tendido sobre la tierra, como una manta sobre la cama, y entre las dos cosas no había espacio ni para respirar. El cielo se llamaba Nut. La tierra se llamaba Geb. Eran hermano y hermana, y se pasaban el tiempo mirándose.

De día no ocurría nada raro. El sol del dios Ra, el rey de los dioses, pasaba sobre los tejados del mundo, y el mundo era pequeño y estaba lleno. Pero Ra no lo sabía todo. No sabía que en aquel mundo estrecho, bajo su luz, Nut y Geb se habían enamorado, y que esperaban un hijo.

Cuando lo supo, se enfadó.

No era el miedo de un padre. Era unos celos de rey, que ve crecer su reino a sus espaldas. Entonces habló, con una voz que hizo temblar las columnas de todos los templos, y dijo a Nut palabras que ninguna madre querría oír:

«No darás a luz en ningún mes del año. Y no darás a luz en ningún día del año. Esta es mi palabra, y ningún dios puede deshacer la palabra del rey.»

Luego llamó a Shu, el dios del aire, y le dio una orden.

Shu se coló entre los dos, despacio, como quien abre una puerta en una habitación cerrada desde hace mucho. Puso las manos bajo el cuerpo de Nut y empezó a empujar hacia arriba. Nut se levantó. Se arqueó como un puente, y sus dedos se posaron en un horizonte, sus pies en el otro. Cuanto más empujaba Shu, más se ensanchaba el mundo. Donde antes no había nada, ahora había un cielo.

Debajo de ella quedó Geb, tendido boca arriba. Su cuerpo se cubría de hierba, de árboles, de ríos. Se había convertido en la tierra.

Entre los dos, para mantenerlos separados, quedó Shu con los brazos en alto. No era un castigo cruel, pero lo parecía. Nut miraba a Geb, desde arriba. Geb miraba a Nut, desde abajo. No podían tocarse. Y en medio, siempre, estaba el viento.

Nut era demasiado grande para llorar. Pero en su cuerpo aparecieron las estrellas.

La maldición de Ra pesaba sobre ella como una losa. El año de los egipcios tenía trescientos sesenta días, y en ninguno de esos días podía ella dar a luz. El niño crecía dentro de ella y no había manera de hacerlo nacer. Una noche, de pie en el arco del cielo, Nut dijo a la oscuridad:

«Hermano. No sé qué hacer.»

Geb, debajo de ella, no respondió. Era un dios silencioso, el de la tierra. Pero sus raíces se apretaron, y Nut lo sintió aunque no lo miraba.

Fue Thot, el dios de la escritura y del cálculo, quien tuvo la idea.

Thot era el más astuto de los dioses. Escuchó la maldición palabra por palabra, con la cabeza ladeada, y se dio cuenta de que el rey había dicho «en ningún día del año». No había dicho «en ningún día». Bastaba encontrar unos días que no fueran del año.

Así, una tarde, Thot fue a buscar a la Luna.

«¿Jugamos?», dijo. «A las damas.»

La Luna era una diosa amable y le gustaba jugar. Aceptó. Pusieron el tablero en medio del cielo y empezaron la partida. Y la primera vez Thot perdió, y la segunda también. Pero cada vez que perdía, subía la apuesta: «Otra. Esta vez apostemos algo». Y la Luna, que no pensaba perder, aceptó apostar un poco de su propia luz.

Jugaron toda la noche. Al final, Thot había ganado tanta luz como hacía falta para hacer cinco días enteros.

Cinco días más, que no formaban parte del año. Cinco días que nadie había contado nunca.

Cuando Thot volvió al cielo de Nut, la Luna estaba más pálida que antes, y durante unas noches brilló poco. Nut no hizo preguntas. Se limitó a mirar aquellos días nuevos, uno tras otro, como se miran cinco puertas abiertas en un muro que parecía sin salidas. Ra no podía decir nada. Había hablado él, y había hablado bien: el año seguía como estaba.

El primer día nació un hijo, y fue Osiris.

El segundo nació el viejo Horus, que ya llevaba dentro la fuerza del halcón.

El tercer día nació Seth, y nació con un desgarrón, como una tormenta que rompe el cielo.

El cuarto día nació Isis, pequeña y atenta, con unos ojos que lo miraban todo.

El quinto día nació Neftis, la última, la que nunca hacía ruido.

Abajo, Geb sintió cada nacimiento como un golpe leve en el pecho de la tierra. No dijo una palabra ni siquiera entonces. Pero aquella primavera, decían, los campos florecieron antes de lo habitual.

Desde aquel día los egipcios tuvieron un año de trescientos sesenta y cinco días, y aquellos cinco eran los días de los hijos de Nut. Días en que, decían, el tiempo todavía no estaba del todo en orden.

Pero Nut, en lo alto, no dejó de ser madre.

Había una cosa que hacía cada tarde, y los egipcios la pintaban en los techos de los templos, de azul oscuro con estrellas de oro. Cuando el sol bajaba por el oeste, Nut abría la boca y lo acogía. El sol entraba en su cuerpo y lo atravesaba durante toda la noche. Por la mañana, en el este, la diosa lo hacía nacer de nuevo, rojo y nuevo, como un niño. Todos los días. Para siempre.

Y Geb, tendido bajo ella, miraba su cielo, y su cielo lo miraba a él, y entre ellos soplaba el aire de Shu, que nadie podía ya quitar.

Así lo cuenta Egipto.

Cuando un rey moría, los sacerdotes escribían en sus cámaras funerarias, en las paredes de la pirámide, palabras dirigidas a Nut. Le pedían que se tendiera sobre él, con toda su longitud, que lo cubriera de estrellas, que lo tomara consigo como una madre toma a un hijo dormido. Y Geb, la tierra, abriría los brazos para acoger los huesos.

A lo largo de los siglos, la escena se repitió en miles de ataúdes. Dentro de la tapa, abajo, pintada de azul y oro, estaba Nut con los brazos abiertos. El muerto, tendido boca arriba, la miraba desde la oscuridad. Y sobre él, como sobre el mundo, el cielo seguía haciendo lo que hace desde siempre.

Sostener bajo sí a alguien que duerme.

Escucha / Lee también

  • Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music

Fuentes

  • «Textos de las Pirámides» (hacia 2400 a. C.)
  • Plutarco, «Isis y Osiris» (siglos I-II)
Ciro Simone Irmici

Quién está detrás

Ciro Simone Irmici

Construyo sitios web, aplicaciones y juegos. El Atlas lo he construido con inteligencia artificial y reviso yo cada ficha y cada fuente. No soy un estudioso de mitología: cuento las leyendas con respeto y digo siempre de dónde vienen. Si conoces una leyenda de tu pueblo, escríbeme.

Más trabajos míos: audiolibros gratis en YouTube · ebooks en Gumroad · Apple Books · música en Spotify y YouTube Music